“La parva del tejero vuela siempre en estío”. La primera frase del papel se le había quedado en la cabeza, seguramente porque no la entendía. Miraba todavía la llanura verde, hundida hacia el oeste, pues así como una cabeza deforma la perfección de una mullida almohada, así el sol inclina el paisaje en su despedida del día. Muy lejos, las casas de los campesinos tenían aún los faroles encendidos, y las chimeneas comenzaban a humear el crepúsculo de una noche recién nacida.
Este papel, que parecía haberlo esperado por muchos años enterrado justamente donde cavó la tumba de su última muerte, casi lo hizo olvidar que aún faltaba mucho para terminar con los procedimientos adecuados. Volviendo en sí, levantó el cadáver del anciano, lo acomodó delicadamente en la fosa y, luego, con una rodilla en el piso, comenzó a murmurar olvidadas palabras.
***
En la época en que comenzaba a conocer los procedimientos del credo, que ahora se contentaba con entender a medias, un hombre en la calle se le acercó y le murmuró algo al oído. Era muy joven todavía en esa época y se sintió más que confundido por esas palabras: “El tiempo te llama para efectuar su mano, en quien engañe llevar la vida encontrará la muerte”. El hombre se mezcló entre la gente alrededor y aunque trató de seguirlo se le escapó por poco. Solo le quedó asumir que esa era su primera comanda de muerte.
La ciudad de Kaboto era pequeña, un centro provincial importante de comercio, pero pequeña al fin. Llena de gente adinerada, eso sí. Había llegado por accidente y era la primera vez, luego de años, que se sentía tan rodeado de gente. Sin embargo, algo había cambiado en él. Le incomodaba tantas personas, no se sentía a gusto, evitaba las muchedumbres y prefería la oscuridad y las calles vacías. Esta soledad se acentuó al escuchar las extrañas palabras del desconocido. Ahora no solo estaba un una ciudad nueva, rodeado de gente desconocida y sin nadie a quien recurrir, sino además, no sabía por dónde comenzar.
Recordó junto al cadáver del anciano que la solución se presentó frente a sus ojos un par de días después gracias a las manos de la fortuna. Escuchó, mientras mendigaba en una de las calles de los mercaderes, que la mujer de Brahim Aheb esperaba un hijo: “Claro mujer, si ahora al fin se ve más llena de vida que nunca”.
Los Aheb eran los segundos comerciantes más poderosos de Kaboto, y pronto serían los primeros al ampliar la ruta de las especias por la vía del norte, no recorrida por nadie más. Sin embargo, era muy sabido que a pesar de años de intentos fallidos, los Aheb no habían logrado consumar su descendencia. En gran parte, este hecho era el culpable de no prosperar aún más sus negocios, pues la familia era de gran importancia dentro de los clanes de comerciantes. Por algún motivo, la gente de esa región consideraba que sin familia no se lograba comprender los mecanismos profundos del hombre y de sus relaciones, como el comercio por ejemplo. Ahora, con el embarazo de Afati ad’Aheb, sin duda lograrían obtener la concesión del nuevo camino al norte y la consolidación de su negocio.
Imagen por: Leventep
Sentado en un escalón de la esquina de la calle, se preguntaba a quién debía asesinar. ¿Debía desaparecer a Afati quien llevaba vida dentro? Matar a una mujer ya los complicaba mucho, pero además embarazada… Algo de luz brillaba en el fondo de su alma todavía si es que sentía remordimientos de solo pensarlo ¿Debía acabar con Brahim, o acaso con el futuro hijo?Las preguntas volaban por su mente y no había manera de saberlo, así que decidió hacerse parte de la familia y conocer las cosas desde dentro.
Poco le costó hacerse estibador de las caravanas de especias que pertenecían a los Aheb, y solo tardó unos meses en que le dieran más responsabilidades hasta hacerse uno de los criados principales. Así fue conociendo el entorno de la familia y, casi sin quererlo, las rencillas y disputas que reinaban dentro. A pesar de la rígida ética familiar que dominaba a estos clanes de comerciantes, los lazos de sangre a la vez pervertían todo. Las familias no solo dominaban el intercambio comercial de Kaboto, si no también la rígida ley religiosa y también la delincuencia común. Toda familia se enriquecía del comercio, pero también tenía un brazo armado en las calles que protegía sus dominios, comercios y caravanas. Los Aheb no se quedaban atrás, y así como ganaban terreno en las rutas de las especias, lo hacían también con sus sicarios y golpeadores, que imponían orden y sangre donde fuera necesario.
Quien le tomó mayor cariño fue la nana Eniba, quien había criado a media descendencia Aheb durante dos generaciones y veía en su adolescencia otro signo de fragilidad que debía encaminar. Ella misma le contó los problemas de la pareja Aheb y las posibilidades que veían los tres primos para hacerse con la fortuna familiar. Sin el hijo aún por nacer, tanto Brahim como Afati, no sobrevivirían a sus intrigantes parientes. El problema de encontrar a la víctima se complicaba cada vez más. Pensando algo más las extrañas palabras del desconocido, se dio cuenta de que la víctima debía ser sin duda Afati.[desarrollar, por qué] El problema era cómo matarla con tanta vigilancia, pues hasta de sus propios familiares se cuidaban.
Los días pasaban, la angustia crecía y Todo se veía cada vez más complicado. Aparecer y matarla levantaría demasiadas sospechas, y sabía que el credo debía mantenerse oculto, así que no podía arriesgarse a que se sospechara la mano de algún asesino. Lo ideal sería que alguien más la mate. Sin embargo, los ojos de los codiciosos parientes Aheb estaban puestos en Brahim, no en Afati. mientras se deshacía pensando, otra vez la suerte sopló a su favor. Descubrió una noche, siempre en vela cuidando todo a su alrededor, imponiendo su control, que Afati salía de una habitación del ala inferior. A través de sombras grises y azules, recogiendo los crujidos de sus pasos sobre los suaves listones de madera del piso y viéndola en sus escasas ropas de noche, no solo se dio cuenta de que ella tenía un amante, sino de que no estaba embarazada. La hinchada panza había desaparecido por completo, lo vio claramente gracias a la oscuridad.
Tres días después se enfrentaba a un problema todavía mayor y totalmente inesperado: salir del profundo calabozo de la casa Aheb. Estaba seguro de que no lo dejarían con vida ahora que conocía el secreto. Pensó que bastaría con sembrar la intriga para que el destino hiciera germinar la muerte correcta. Contárselo a Brahim para que mandara matar a su mujer por adulterio, como mandaba la estricta norma religiosa, había parecido tan buena idea… Los parientes aprovecharían el caos y se desharían de él, y a su vez ellos mismos acabarían unos con otros hambrientos de poder familiar. Desencadenar el caos familiar, una guerra interna de clan… La muerte se llevaría a todos, y entre ellos, se cumpliría la misión solo moviendo los hilos de sus corazones. Pero su plan había fallado por completo, pues Brahim no solo era conciente de que su esposa no estaba embarazada, sino que además, él mismo la mandaba a hacer visitas nocturnas a varios de sus sirvientes, como última esperanza de concebir un niño que los salvara de las garras de sus primos. Encadenado, golpeado y con la vida pendiendo como una gota en lo alto del techo de la húmeda gruta, esperó que la fortuna guiara su espíritu a buen destino.
Esa noche Brahim Aheb mandó la orden de ejecución a las autoridades, que la confirmaron rápidamente. Sería un juicio familiar por robo de especias contra un empleado recogido de la calle, algo cotidiano. Lamentablemente el juicio se vio pospuesto, cuando la mañana siguiente encontraron el cuerpo sin vida de Afati ad’Aheb en una habitación vacía de la gran casa. Brahim leyó una y otra vez la nota que ella dejó. Dicen que expresaba todo el dolor guardado y la culpa con la que había luchado todos esos años por mantener la familia. Otros dicen que le echaba la culpa al marido por los incontables hombres que tuvo que visitar en las noches. Nunca se supo, pues horas más tarde el propio Brahim se arrojó al río Kabotosue, gritando como un desquiciado con la carta en una mano, mucha sangre en la otra y las cuencas de los ojos vacías, víctimas del ataque de su locura final al ver todo lo que había hecho. Lo que a todos les quedó claro fue que el tiempo llevó a esa familia a colisionar contra sus propios engaños.
Los parientes, semanas después, se repartieron los negocios, algunos hasta se mataron por él. Lamentablemente, la casa de comercio Aheb nunca se convirtió en la número uno de Kaboto. La historia se volvió una moraleja que se contó por generaciones a los niños acerca de la importancia de la verdadera familia y el castigo divino a quienes intentan burlarse de esa gran institución. Nadie se percató, los subsiguientes días a la muerte y funerales de los Aheb, que la celda estaba vacía. La única que preguntó por el joven fue la nana Enib. La mayoría lo dio por muerto.
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